La psicología confirma que las personas que se adaptan a todo y son fáciles de llevar no son conformistas: desarrollaron una resiliencia que les permite superar mejor los cambios, retos y desafíos

Aprender a adaptarse a prácticamente cualquier circunstancia, en lugar de quejarse y enfrentarse, puede parecer una actitud pasiva. Pero en realidad, nos explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto, puede ser uno de los grandes secretos de la resiliencia.

Cuando hablamos de resiliencia, en ocasiones imaginamos que se trata de una habilidad que permite luchar contra las circunstancias, como quien nada en contra de la corriente del río buscando remontar su curso. Pero la resiliencia, en realidad, consiste en salir de ese río siendo más fuerte, siendo más capaz. Y eso, a veces, significa aceptar su dirección y aprovechar sus corrientes.

De esto va, precisamente, el artículo que estás leyendo. Porque cuando conocemos a una persona que no se queja, que acepta las circunstancias y se adapta a ellas sin rechistar, pensamos que es alguien débil, complaciente o conformista. Pero en realidad, nos dice la psicóloga Leticia Martín Enjuto, esta lectura es demasiado simplista: lo que se esconde tras esta forma de ser puede ser la auténtica resiliencia.

El valor de aceptar

“Muchas veces utilizamos la palabra ‘adaptarse’ como si fuera sinónimo de ‘conformarse’, pero psicológicamente son conceptos muy diferentes”, comienza explicándonos la psicóloga Leticia Martín Enjuto, directora de un Centro de Psicología que lleva su nombre y colaboradora habitual de este medio. “Que una persona sea capaz de aceptar una situación, cambiar sus planes o acostumbrarse a una nueva realidad no significa que haya dejado de luchar por lo que quiere”, continúa.

Lo que ella experimenta en su consulta es, precisamente, lo contrario a lo que se suele asumir: personas que, ante circunstancias que no habían elegido, consiguen reorganizarse y seguir adelante. “Adaptarse no es rendirse”, aclara la experta, “es aprender a responder de la mejor manera posible a una realidad que quizá no era la que esperábamos”.

Detrás de esa capacidad de adaptación se esconde, por tanto, aquello que llamamos resiliencia. Pero ser resiliente no significa ser una persona que nunca se viene abajo, que siempre tiene una actitud positiva o que parece capaz de superar cualquier cosa sin que le afecte. La resiliencia es mucho más humana que eso. Es poder pasar por un momento difícil, reconocer que nos está doliendo y, aun así, encontrar poco a poco la manera de seguir adelante.

Cuestión de perspectiva

Hay un matiz que conviene poner sobre la mesa, nos dice Leticia, y es que “una persona que se adapta tampoco es aquella que acepta todo sin cuestionarlo”. Aquí está, precisamente, una de las diferencias más importantes entre adaptación y conformismo. Conformarse puede significar pensar que no tenemos ninguna posibilidad de hacer algo diferente. Adaptarse implica asumir que hay cosas que quizá no podemos cambiar y preguntarnos qué sí podemos hacer nosotros a partir de ese momento.

“No siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos trabajar en cómo queremos afrontarlo”, asegura la experta. En realidad, esto es más bien una ley de vida. Estar vivos significa reajustar de manera constante nuestras expectativas. “Hay cambios que elegimos y otros que llegan sin pedir permiso: una ruptura, una pérdida, un cambio de trabajo, una mudanza, dificultades económicas o simplemente descubrir que aquello que habíamos imaginado para nuestra vida finalmente no sucede así”, nos explica la experta. Aferrarnos a cómo “deberían ser las cosas” no significa ser más fuertes; tan solo nos hace sufrir más.

Aunque ojo, porque aquí tan solo se está planteando un cambio de perspectiva. Aceptar lo que no podemos cambiar no significa dejar de tener sueños, sino ser capaces de modificar el camino cuando las circunstancias lo requieren.

Una gran flexibilidad

Pero entonces… ¿Qué diferencia a aquellas personas que son capaces de adaptarse de aquellas que no? Según Leticia Martín Enjuto, “una de las características más habituales en las personas que afrontan bien los cambios es precisamente la flexibilidad”.

Es decir, esas personas que son capaces de darse cuenta de que una determinada manera de hacer las cosas ya no les funciona y buscar otra. “Y esto no tiene nada que ver con ser una persona insegura o cambiar de opinión constantemente”, aclara Leticia. “Al contrario, muchas veces implica conocerse suficientemente bien como para saber qué merece la pena mantener y qué necesita ser transformado”. Y es que a veces, la fortaleza no está en insistir y persistir, sino en saber cuándo necesitamos cambiar de estrategia.

La relación con la incertidumbre

Otro factor clave entre las personas que saben aceptar las circunstancias es la relación que mantienen con la incertidumbre, según nos explica la psicóloga. “Hay personas que necesitan saber qué va a ocurrir, cuándo va a ocurrir y cómo van a solucionarlo todo para sentirse tranquilas. Pero la vida no siempre nos ofrece esas certezas”, asegura.

“Aprender a tolerar que no tenemos todas las respuestas puede ser una herramienta psicológica muy poderosa. A veces no necesitamos saber cómo terminará todo, necesitamos simplemente ser capaces de identificar cuál es el siguiente paso que podemos dar”, añade la experta.

La resiliencia en escena

Todo esto nos lleva a pensar inevitablemente en un hecho indiscutible: la resiliencia es una característica que se ha malinterpretado habitualmente. Pensamos que una persona fuerte es aquella que aguanta absolutamente todo. Y no, nos aclara nuestra experta, porque “ser resiliente también significa saber reconocer cuándo hemos llegado a nuestro límite”.

Ser resiliente significa pedir ayuda, poner límites, alejarnos de aquello que nos hace daño o tomar decisiones que quizá nos dan miedo. “Adaptarse no significa soportar cualquier circunstancia”, continúa Leticia, “significa encontrar una respuesta saludable ante aquello que estamos viviendo, incluso cuando esa respuesta implica decir ‘hasta aquí’”.

Lo positivo, nos explica Martín Enjuto, es que la resiliencia no es una cualidad con la que simplemente nacemos o no nacemos. Se puede desarrollar. “Cada experiencia difícil puede enseñarnos recursos nuevos, especialmente cuando contamos con personas que nos apoyan; aprendemos a gestionar nuestras emociones y conseguimos confiar un poco más en nuestracapacidad para resolver problemas. Muchas veces descubrimos nuestra propia fortaleza precisamente cuando la vida nos coloca delante de situaciones que nunca pensamos que seríamos capaces de afrontar”, concluye.

Publicado originalmente en Cuerpomente · Celia Pérez León