“Qué fría”, pensamos automáticamente cuando descubrimos que una persona prefiere evitar los abrazos. Que, directamente, no le gustan. “Es muy antipática”, añadimos al juicio. Y sin darnos cuenta estamos sacando conclusiones precipitadas y muy desacertadas: en realidad, no estamos ante alguien que sea realmente antipático o desagradable. O al menos, no necesariamente.
Para comprender mejor lo que se esconde tras las personas que prefieren evitar el contacto físico, hablamos con la psicóloga Leticia Martín Enjuto, colaboradora habitual de Cuerpomente y directora del Centro de Psicología que lleva su nombre. Con ella analizamos este asunto y descubrimos algo sorprendente: en muchos casos, lo que se esconde tras este rechazo a los abrazos es una mayor sensibilidad a los estímulos físicos.
Mismo abrazo, distinta reacción
“Hay personas que disfrutan enormemente de los abrazos y los consideran una de las formas más bonitas de transmitir afecto”, nos explica Leticia Martín Enjuto. Sin embargo, también existen quienes prefieren mantener cierta distancia física y no se sienten especialmente cómodos cuando alguien les abraza.
Cuando vemos a estas personas rechazar un abrazo o manifestar incomodidad ante el contexto solemos juzgarles como frías o antipáticas. Pero no tiene por qué ser así. Como nos explica Leticia, está mucho más relacionado con “la forma en la que toleramos y disfrutamos el contacto físico”, que es diferente en cada persona.
Y es que sí, un abrazo puede parecer un gesto sencillo, “pero desde el punto de vista sensorial supone recibir mucha información al mismo tiempo”, nos explica la experta. La presión del cuerpo, el calor, el olor, la cercanía, el movimiento o incluso la duración del contacto pueden ser demasiado para algunas personas. “Cuando una persona presenta una sensibilidad más elevada ante determinados estímulos físicos, todas estas sensaciones pueden resultarle especialmente intensas”, asegura la experta.
La necesidad de cariño
Sin embargo, esta incomodidad relacionada con el contacto físico no se traduce en antipatía. De hecho, nos dice Leticia, ni siquiera deberíamos afirmar que esa persona no es cariñosa, porque “no disfrutar del contacto físico no equivale a no necesitar cariño”.
Hay personas que se sienten queridas cuando reciben un abrazo, mientras que otras conectan mucho más a través de una conversación, de compartir tiempo, de recibir ayuda o de pequeños actos de atención. Es lo que en psicología se conoce como “lenguaje del amor”, y cada uno tiene el nuestro.
“El afecto no tiene un único lenguaje y pretender que todas las personas lo expresen o lo reciban de la misma manera puede llevarnos a interpretar erróneamente sus emociones”, añade la experta. Entender cómo prefieren los demás recibir nuestro cariño puede mejorar mucho nuestras relaciones.
El espacio personal
Además de la forma de entender el cariño y la sensibilidad sensoria, nos dice Leticia, hay otro factor importante a tener en cuenta: el espacio personal. “Todos tenemos una especie de ‘burbuja’ física que sentimos como propia, aunque su tamaño varía considerablemente de una persona a otra”, explica la experta.
“Cuando alguien entra en ese espacio sin que lo hayamos elegido, podemos experimentar cierta incomodidad. En las personas especialmente sensibles al contacto, esta sensación puede ser todavía más marcada”, continúa. Sin embargo, y una vez más, no podemos confundir esto con frialdad. Porque necesitar distancia física no significa querer distancia emocional.
Cuestiones del pasado
Además de esa burbuja de espacio personal, hay otro factor que también influye en esto de los abrazos, y es la relación que hemos construido con el contacto físico. “Las experiencias durante la infancia, la manera en la que nuestra familia expresaba el cariño, nuestras costumbres y el contexto en el que hemos crecido pueden hacer que interpretemos el contacto físico de una manera determinada”, explica Leticia.
Si en nuestro hogar no era habitual que se dieran abrazos, es posible que no estemos habituados a ello. Y por eso, una vez más, no es adecuado establecer conclusiones sobre la personalidad de alguien únicamente porque no le guste abrazar. No si no conocemos cuál es su contexto y cuáles son sus necesidades afectivas.
El momento
“También debemos tener en cuenta que nuestras necesidades físicas y emocionales pueden cambiar dependiendo del momento”, añade la experta. Cuando estamos cansados, nerviosos, estresados o hemos pasado muchas horas expuestos a estímulos, podemos sentir una mayor necesidad de estar solos y disponer de espacio. “Incluso alguien que habitualmente disfruta de los abrazos puede preferir no recibirlos en determinadas circunstancias”, sugiere Leticia. Respetar esa necesidad puntual también es una forma de cuidado.
Por todo esto, llamar “fría” o “distante” a una persona porque no quiere recibir un abrazo puede acabar en desastre, y desde luego, no se acerca a la realidad. Una persona puede sentir un profundo amor por su familia, tener vínculos muy estrechos y ser extremadamente empática sin necesitar contacto físico constante. Del mismo modo, abrazar mucho a alguien no garantiza que exista una conexión emocional profunda. “El contacto físico es solo una de las muchas formas posibles de expresar afecto”, concluye nuestra experta.
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