La psicología confirma que cuando las personas mayores de 70 años comienzan a regalar cosas no están deshaciéndose de objetos innecesarios; sino que valoran más compartir que poseer

¿Alguna vez te has preguntado por qué muchas personas que se acercan a los 70 comienzan a regalar sus cosas? En realidad, no se están deshaciendo de objetos innecesario, están intentando que sus recuerdos perduren en aquellos a los que quieren. Así nos lo explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto.

¿Y si en realidad un simple objeto no fuera tan solo eso? Lo que para algunos pueden parecer cosas sin importancia, para otros son pedazos de su vida. Retazos de historias, recuerdos que han quedado incrustados en tazas, relojes, joyas… Auténticos trozos de una vida completa, de una historia que difícilmente puede ser contada en su totalidad.

Esto es, en realidad, lo que se esconde tras esa abuela que regala toda su vajilla a su nieta, de ese padre que se saca su reloj para dejárselo a su hijo, o de esa tía que vacía su joyera para repartir viejos anillos entre sus sobrinas. Porque lo que están dando no son objetos innecesarios, son recuerdos que están dispuestos a dejar ir, quizá, para que pervivan en una nueva generación. De esto conversamos con Leticia Martín Enjuto, psicóloga y colaboradora habitual de Cuerpomente.

Una relación diferente

A lo largo de la vida nuestra relación con las cosas va cambiando. Cuando somos jóvenes solemos guardar pensando en el futuro: “Algún día lo utilizaré”, “Esto me hará falta” o “Quiero conservarlo muchos años”. Con el paso del tiempo, sin embargo, podemos empezar a mirar nuestras pertenencias de otra manera.

Ya no importa tanto cuánto tenemos, sino qué significado tiene cada cosa. Y en ese momento, nuestras necesidades cambian. Ya no queremos atesorar o guardar aquello que era valioso, sino que deseamos que aquello que para nosotros era importante también pueda ser disfrutado por alguien a quien queremos.

“Veo mucho en consulta cómo muchos objetos están estrechamente relacionados con nuestra memoria autobiográfica”, nos explica Leticia Martín Enjuto, directora de un Centro de Psicología que lleva su nombre. “No guardamos solamente un reloj: guardamos a la persona que nos lo regaló, la época en la que lo llevábamos o todo aquello que vivimos mientras estuvo con nosotros. Una vajilla puede llevarnos directamente a las comidas familiares de hace décadas y un anillo puede estar relacionado con una historia de amor”. Por eso, cuando una persona entrega uno de estos objetos, en realidad puede estar entregando también una pequeña parte de su historia.

Continuidad en los recuerdos

Hay además algo muy humano en querer que nuestros recuerdos continúen de alguna manera. Para muchas personas mayores puede resultar reconfortante saber que aquello que los ha acompañado durante tantos años seguirá formando parte de la vida de sus hijos o de sus nietos.

“Es una forma de continuidad, de sentir que una parte de lo vivido puede permanecer en las siguientes generaciones”, nos explica Leticia. “No se trata necesariamente de pensar en la muerte, sino de comprender que nuestra historia también puede seguir existiendo a través de las personas que queremos”.

Al fin y al cabo, los objetos que nos acompañaron en nuestra vida perdurarán cuando nosotros ya no estemos. Y si alguien a quien queremos lleva alguna vez ese reloj, usa esa vajilla o luce ese anillo, una parte de nosotros seguirá con ellos.

Expresar sin palabras

“En ocasiones, además, regalar un objeto es una manera de expresar sentimientos que nunca hemos sabido poner demasiado bien en palabras”, nos explica Leticia. Hay familias en las que no se ha hablado mucho de emociones, pero sí se han demostrado los afectos a través de los hechos.

“Dar una joya, un reloj o incluso una receta escrita a mano puede convertirse en una forma silenciosa de decir ‘esto es importante para mí y quiero que lo tengas tú’. Y detrás de ese gesto puede haber muchísimo cariño”, asegura la experta.

El porqué de cada objeto

También existe algo especialmente bonito cuando la persona puede entregar sus cosas mientras está presente y contar por qué son importantes. “No es lo mismo encontrar un objeto años después que recibirlo de alguien que puede explicarte su historia”, nos explica la psicóloga.

“Esto lo compramos cuando nos casamos”, “tu abuelo llevaba este reloj” o “esta vajilla ha estado en todas nuestras celebraciones”, escuchamos al recibir algunos de estos objetos que, a simple vista, pueden parecer inútiles. Y así, con apenas unas palabras, algo material se convierte en un recuerdo vivo. “La historia deja de estar únicamente en la memoria de una persona y empieza a formar parte de la memoria de otra”, expone la experta.

Revisión de la propia vida

Lo cierto es que este tipo de comportamiento puede marcar también que empieza una nueva etapa en la vida de quien entrega sus valiosos recuerdos. Porque, como nos explica Leticia, suele “aparecer también cuando una persona hace una especie de revisión de su propia vida”.

“Con los años, algunas pertenencias dejan de tener importancia y otras adquieren todavía más valor emocional. Es como si empezáramos a distinguir mejor entre lo que simplemente hemos acumulado y aquello que realmente representa quiénes somos”, afirma la especialista. Seleccionar qué queremos conservar y qué queremos compartir puede ser una manera de poner orden no solo en nuestros armarios, sino también en nuestra propia historia.

Publicado originalmente en Cuerpomente · Celia Pérez León