Es posible que conozcas a alguien que, llegado a los 60, no parece tener demasiados amigos. O, al menos, no aquellos a los que llamamos “íntimos amigos”. Puede que incluso te haya sucedido a ti y te preguntes, como lo hacemos todos cuando nuestra vida no parece encajar con lo que se espera de nosotros, si es que acaso hay algo malo en ti. La respuesta, te lo dejamos claro, es no. No hay nada defectuoso en ti si has llegado a los 60 sin tener amigos íntimos. O si los perdiste por el camino.
“Llegar a los 60 años sin amigos íntimos puede generar inquietud o muchas preguntas sobre la propia vida social”, nos explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto, colaboradora habitual en este medio y directora del Centro de Psicología que lleva su nombre. “En consulta vemos, sin embargo, que esta situación no tiene una única interpretación ni significa automáticamente que haya un problema personal”, asegura. Las explicaciones pueden ser variadas, y a continuación repasamos las más habituales.
Circunstancias vitales
La primera posibilidad es, como suele suceder, la más evidente, aunque nuestra mente se la salte cuando nos preguntemos por qué no tenemos tantos amigos como otras personas a las que conocemos. O no tanto como, según nuestra percepción, “deberíamos tener”. Y es que a veces la vida nos pone complicado mantener amistades durante mucho tiempo.
“Las relaciones humanas se construyen a lo largo de décadas y están profundamente influenciadas por las circunstancias de la vida, las decisiones tomadas y la personalidad de cada individuo”, nos explica Leticia. “A lo largo del tiempo, muchas personas ven cómo su círculo social se reduce. Cambios de trabajo, mudanzas, la crianza de los hijos o incluso la pérdida de seres queridos pueden hacer que las amistades se distancien”.
Estas circunstancias externas son incontrolables, y explican en muchas ocasiones por qué nos hemos distanciado de algunas personas que alguna vez fueron importantes en nuestra vida. “Lo que en algún momento fue una red social activa puede transformarse en una vida más tranquila y con menos vínculos cercanos, algo que es bastante común en la madurez”, nos aclara la experta.
La personalidad
Las circunstancias explican mucho sobre las relaciones que mantuvimos y las que quedaron en el camino, así como también lo hacen ciertos rasgos de nuestra personalidad. “La personalidad también influye en la forma en cómo cada persona se relaciona”, nos explica Leticia. “Hay personas que disfrutan de una vida social intensa y buscan constantemente la compañía de otros. En cambio, otras personas se sienten cómodas con relaciones más limitadas o con una vida más independiente. Para estas personas, no tener amigos íntimos no necesariamente genera malestar”.
En estos casos, el no tener amigos íntimos parece que solo hace daño cuando nos comparamos con otros y asumimos que su situación es la normal, y no la nuestra. Lo cierto es que el mejor indicador de “normalidad” es lo que sentimos. Y si no tener amigos íntimos no nos supone un auténtico problema, ¿qué hay de malo en ello?
“Las experiencias emocionales también pueden marcar la forma en que alguien construye relaciones en la madurez”, continúa la psicóloga. “Decepciones, conflictos o pérdidas vividas en el pasado pueden generar una actitud más cautelosa a la hora de confiar en los demás. En algunos casos, las personas prefieren proteger su estabilidad emocional evitando vínculos demasiado intensos”.
Otras prioridades
La amistad, como sabemos, requiere de tiempo y de cuidados. Y, por desgracia, a veces durante la vida debemos (o creemos que debemos) darle prioridad a otros asuntos que consumen esos minutos y esa energía.
“Durante gran parte de la vida adulta, muchas personas priorizan otras responsabilidades como la familia o el trabajo. Cuando estas áreas ocupan la mayor parte de la energía emocional, las amistades pueden quedar en segundo plano, no por falta de interés, sino por falta de tiempo y espacio para cultivarlas”, nos explica Leticia.
Cuestión de percepción
Otra posible explicación para esa pregunta que ronda por nuestra cabeza, y que nos hace cuestionarnos si quizá no tenemos menos amigos de los que deberíamos, es que, en realidad, estemos siendo víctimas de una percepción de soledad alterada.
“En psicología, hacemos una distinción fundamental entre estar solo y sentirse solo”, nos explica la psicóloga. “Una persona puede tener pocos vínculos cercanos y, aun así, sentirse satisfecha con su vida. En cambio, alguien rodeado de personas puede experimentar una profunda sensación de soledad si siente que no es comprendido o escuchado emocionalmente”.
Nunca es tarde para la amistad
“Otro factor relevante es que las amistades también cambian con la edad”, asegura Leticia Martín Enjunto. Con el paso de los años, tendemos a buscar relaciones que nos aporten tranquilidad, comprensión o bienestar emocional, y eso puede hacer que nos volvamos más selectivos. Aunque si hemos llegado a esta edad sin nadie que cumpla con estas características, tampoco debemos darnos por vencidos.
“Nunca es demasiado tarde para crear nuevas amistades”, explica la experta. “La capacidad de conectar con otras personas se mantiene durante toda la vida. Muchas amistades significativas surgen en etapas maduras, cuando las personas tienen mayor claridad sobre quiénes son y qué tipo de relaciones desean”.
Además, con la madurez llega una mayor autenticidad; las amistades ya no se forman tanto por contexto social como por valores compartidos y afinidad emocional. Así que, como en otros muchos aspectos, los 60 pueden ser una edad perfecta para empezar a buscar amistades verdaderas que nos acompañen en esta nueva etapa de la vida.