Las personas que nunca jugaron con sus padres cuando eran niños comparten estos 7 rasgos según la piscología

¿Recuerdas haber jugado con tus padres cuando eras niño? ¿Juegas a menudo con tus hijos? La psicóloga Leticia Martín Enjuto nos advierte sobre las consecuencias de no desarrollar un juego sano en familia.

Si echas la vista atrás, ¿recuerdas que tus padres jugaran contigo a menudo? Hace algunas generaciones, no era habitual que los adultos jugaran con sus hijos, pero hoy sabemos que es, cuanto menos, recomendable. Que tus progenitores no jugasen contigo no quiere decir que tuvieras unos padres tóxicos, pero sí tiene su importancia.  “El juego en la infancia no es un simple pasatiempo”, explica la psicóloga Leticia Martín Enjuto a Cuerpomente, “es una herramienta fundamental para el crecimiento emocional, social y cognitivo”.

De hecho, según la experta, “jugar con los padres permite al niño experimentar seguridad, conexión afectiva y validación emocional”, y cuando esta experiencia está ausente durante la infancia, “pueden aparecer patrones psicológicos que, aunque no determinan el destino de la persona adulta, sí influyen en su manera de relacionarse consigo misma y con los demás”. Estos son los más comunes.

1. Tienden a reprimir las emociones

“Uno de los rasgos más usuales en personas que no jugaron con sus padres es la dificultad para expresar emociones”, nos asegura Leticia Martín Enjuto. Las horas de juego compartidas con los adultos son esenciales para el desarrollo de la inteligencia emocional.

Entre otras cosas, durante el juego “los niños aprenden a identificar, regular y comunicar lo que sienten”. Es por eso, nos explica la directora del Centro de Psicología Leticia Martín Enjuto, por lo que cuando faltan estos espacios compartidos durante la infancia, cuando somos adultos podemos tender a reprimir nuestras emociones, tener cierta dificultad para ponerlas en palabras e incluso mostrar una aparente frialdad emocional o cierto grado de desconexión afectiva.

2. les cuesta pedir ayuda

Por otro lado, continua Leticia, es habitual que los adultos que cuando eran niños no jugaron con sus padres tengan una “hiperdependencia temprana”. “Muchos niños que no encontraron disponibilidad lúdica en sus figuras parentales aprendieron a entretenerse solos y a no depender de otros para satisfacer sus necesidades emocionales”, nos explica la experta.

Y aunque, a priori, pueda sonar positivo, lo cierto es que en la adultez se puede traducir en “dificultad para pedir ayuda, incomodidad con la dependencia emocional y una fuerte creencia de que ‘deben poder solos con todo’”.

3. suelen ser más distantes

Desde la perspectiva de la teoría del apego, la situación también se presenta peliaguda. Los niños que no juegan con sus padres o tutores tienden a desarrollar estilos de apego evitativos.

“Al no experimentar interacciones cálidas y espontáneas a través del juego, estas personas pueden asociar la cercanía emocional con incomodidad o riesgo. Como resultado, suelen mantener distancia afectiva en sus relaciones íntimas, incluso cuando desean conexión”, explica Leticia.

4. son autoexigentes consigo mismos

Por otro lado, continua la experta, es habitual que veamos un alto nivel de autoexigencia en aquellos adultos que no compartieron momento de juego con sus padres cuando eran niños.

Lo cierto es que, aunque no nos demos cuenta, el tiempo de juego compartido con sus padres hace que el niño se sienta valioso por el simple hecho de existir. Es decir, crece sabiendo que valor personal no depende de su rendimiento. “Cuando esta experiencia falta”, añade la experta, “algunos adultos construyen su autoestima en función del logro, la productividad o el cumplimiento de expectativas, sintiendo que el descanso o el disfrute deben ser ganados”.

5. les cuesta ser espontáneos

Muy relacionado con el punto anterior, nos explica la psicóloga, es habitual encontrar a adultos que, al no haber jugado con sus padres cuando eran pequeño, en su adultez encuentran dificultad para conectar con el placer y la espontaneidad.

“El juego enseña a disfrutar del momento presente sin un objetivo concreto. En la adultez, se observa cómo pueden sentirse incómodas con el ocio, el humor o la improvisación, experimentando culpa al relajarse o divertirse”, asegura Leticia.

6. tienen miedo al rechazo

Otro rasgo muy común en las personas que no jugaron con sus padres cuando eran pequeño es tener cierta sensibilidad al rechazo o la independencia. Según la psicóloga, esto se produce porque “la ausencia de juego ha sido vivida por el niño como falta de interés o atención”.

Es por eso por lo que, en la vida adulta, estas personas tienden a vigilarse en exceso a nivel emocional, prestando atención obsesiva a cualquier señal de abandono, aunque externamente aparenten autosuficiencia.

7. les cuesta trabajar en equipo

Para acabar, nos explica Leticia Martín Enjuto, es habitual que las personas que no jugaron con sus padres cuando eran niños tiendan a tener dificultades para trabajar en equipo o cooperar a nivel emocional.

“El juego con los padres enseña turnos, negociación y empatía. Sin ese aprendizaje temprano, puede costar leer dinámicas relacionales complejas o confiar plenamente en los demás”, concluye la experta.

Publicado originalmente en Cuerpomente · Celia Pérez León